Este evento se ha convertido a lo largo de las últimas décadas en la seña de identidad del núcleo colono, sumándose a la semana de Carnaval, una de las fiestas más populares y con más arraigo.
Son los niños, niñas, jóvenes y algunas vecinas quienes protagonizan la batalla desde muy temprano, cuando la Entidad Local empieza a repartir los sacos de harina que se arrojan unos y otros sin contemplación.
Casi todos los años se ven algunos turistas en la celebración. En esta ocasión, un matrimonio inglés con sus dos hijos alojados en una casa rural del pueblo no han dudado en sumarse a la fiesta y embadurnarse de harina como un colono más.
En pocos minutos, la Plaza Real y sus alrededores se cubren de blanco y una densa nube blanca impide por momentos la visibilidad. Nadie se libra, por mucho que ruegue.
Es la tradición, la misma que marca que a las 12 del mediodía se tiene que dejar de arrojar harina, aunque muchos se la saltan porque a partir de esa hora se incorporan muchos vecinos que llegan de trabajar de fuera. En Ochavillo es fiesta local además de día no lectivo en el colegio, y normalmente sólo abren algunos bares.

Paralelamente, entre batalla y batalla, las más veteranas del lugar emprenden junto a los más pequeños juegos tradicionales como el del porrón, el corro, la comba o la flor del romero, bailando y ambientando la plaza hasta la hora del almuerzo, cuando la Asociación de Mujeres Josefa Alegre prepara el clásico arroz para acabar la jornada.
El origen de la Batalla de la Harina se remonta a siete décadas atrás cuando a la panadera del pueblo, Amelia Castell, le dio por arrojar un buen puñado de harina a una de las clientas, en respuesta a que esta le había echado a su vez sobre la cabeza harina o polvos de talco, no se sabe con certeza.
Antiguamente estaba prohibido en los establecimientos echarse la ceniza, que era la tradición católica. Amelia, que estaba de riguroso luto por la muerte de su padre y vestida totalmente de negro, le dio tanto coraje que cogió una buena cantidad de harina del saco que tenía más cerca y puso a la vecina como un boquerón.
Tal fue la repercusión de este episodio en el pueblo que a partir de ese día se sustituyó la ceniza por la harina, y hasta hoy. Esta forma de celebrar el miércoles de ceniza es algo único y genuino de Ochavillo del Río, que mantiene la fiesta año tras año disfrutando de un día de convivencia entre pequeños y mayores.















